El futuro es con más derechos, no con menos

El futuro es con más derechos, no con menos

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Por Daniel Catalano
Secretario General – ATE Capital

El 15 de febrero pasado el diario La Nación publicó la nota Paloma Herrera o Baradel: un duelo sobre el futuro, firmada por Luciano Román. En ella se condensan muchos de los sentidos y argumentos que sostiene el conservadurismo respecto al Estado y la sociedad, que merecen ser discutidos.

La nota aborda la renuncia de Paloma Herrera a la dirección del Ballet Estable del Teatro Colón, determina rápidamente el problema y luego generaliza esa realidad para conjeturar sobre el funcionamiento de todo el Estado. ¿Cuál sería el problema que enfrentó Paloma Herrera en el Colon? Según Luciano Román, demasiados empleados que no trabajan o que lo hacen poco, que no se capacitan, que no se preparan, que hay demasiada burocracia y una constante presión sindical y política que anula los impulsos meritocrácticos que pueden tener algunas personas.

Curiosamente, el autor omite la principal causa del conflicto: la inexistencia de un régimen jubilatorio específico para los elencos estables del teatro. Si hablara de esto, el resto de la nota no existiría. A quienes el autor llama, despectivamente, “trabajadores de la cultura” – en donde “trabajadores” funciona como un demérito – el Estado debe dotarlos y dotarlas de derechos plenos para que desarrollen su talento y no apelar a la difusa figura de la “vocación” como excusa para precarizarles. El comentario recurrente de la derecha sobre quienes trabajan en la cultura y el arte es “si tuvieran verdadera vocación y talento no protestarían por las condiciones de trabajo”. Pero la pregunta correcta debería ser hasta dónde podrían llegar con esa misma vocación y ese mismo talento si las condiciones laborales fueran las óptimas. Pero para la derecha, claro, siempre es más fácil echarle la culpa a quienes trabajan.

Román va más allá: “¿Son referencias que solo describen al Colón o describen – en realidad – cómo funciona el Estado en la Argentina? ¿Son datos que hablan de un ballet o hablan de una mentalidad que ha colonizado otros ámbitos fundamentales, como los de la educación, la salud y la seguridad públicas en el país?”. Nos permitimos dudar de los diagnósticos donde los problemas estructurales de nuestro país se explican exclusivamente por los trabajadores, sus sindicatos y la normativa que los protege en un conflicto puntual. No todo, siempre, es metáfora de algo más grande. Hay una tradición en el conservadurismo argentino que señala que la Argentina no crece por la “idiosincrasia” de su fuerza laboral, sus organizaciones y sus leyes laborales. El punto ciego de estos discursos es que, con esas mismas condiciones, invariables prácticamente, la Argentina creció, generó valor e impulsó el empleo de calidad en algunas etapas históricas recientes, también en el ámbito de la cultura. Eso es una muestra de que talento, vocación y condiciones justas de trabajo pueden convivir, sólo es cuestión de proponérselo.
Al mismo tiempo, ya sabemos que cuando el conservadurismo argentino inicia una crítica hacia la eficiencia estatal no tiene por objeto lograr la mejora del Estado. Por el contrario, trabaja en su deslegitimación, en su reducción, en su desfinanciamiento y en su posterior pérdida de capacidades. En su matriz más íntima, el Estado les molesta, porque los condiciona de múltiples formas y no siempre lo gobiernan ellos. Desean una sociedad sin Estado, pero solo algunos se animan a decirlo.

Diferimos fuertemente, además, con respecto a su caracterización del empleo público en la Argentina. La inmensa mayoría del empleo público es provincial (aproximadamente, el 65%) y se conforma, entre otras especialidades, por fuerzas de seguridad, trabajadores de la salud y trabajadores de la educación. Todos estos empleos públicos tienen en común: 1) su importante valor social, 2) los malos salarios, 3) las malas condiciones laborales, 4) el estigma social, 5) el necesario multiempleo y 6) un componente vocacional significativo.

Por eso, cuando Luciano Román dice que estamos frente a “una cultura que reivindica la comodidad y el privilegio por encima del esfuerzo”, no encontramos las comodidades y los privilegios de ser maestro o maestra en El Impenetrable, enfermero o enfermera en el Conurbano o cuidador o cuidadora en un hogar para adultos mayores. De hecho, tenemos la certeza de que sin impulso vocacional estas actividades no podrían ser realizadas.

Párrafo aparte merece la mención absolutamente antojadiza y estigmatizante de Roberto Baradel, Secretario General de SUTEBA y referente del sindicalismo docente. Cuesta entender de qué forma específica se relaciona con el tema. Lejos de representar a las y los docentes “que no pisan las escuelas gobernadas por Baradel”, como dice la nota, las escuelas argentinas están llenas de personas como Sandra Calamano y Rubén Rodriguez, asesinados por la desidia del Estado provincial en tiempos de María Eugenia Vidal. ¿Esa es la vocación a la que se refiere Román? ¿La de volar por el aire tratando de arreglar una instalación precaria de gas antes de que pibes y pibas lleguen a morirse de frío en una escuela de Moreno? Las organizaciones docentes, de las que Baradel es referente, exigen derechos para que esas cosas no pasen nunca más y para que la hermosa vocación de enseñar no le lleve la vida a nadie. Ese sería el “Estado presente” que tanto inquieta al autor de la nota. Pero parece que para cierta derecha es menos grave el deseo de perseguir sindicalistas con una Gestapo que la firmeza con la que esos mismos dirigentes pelean por los derechos de sus afiliados y afiliadas.

Vale aclarar: nosotros y nosotras no defendemos aquí al Estado que existe. Creemos, en vez, que hay transformarlo. Necesitamos un Estado inteligente, con mayores capacidades, que brinde mejores prestaciones. Y para ello, tenemos que discutir profundamente el sentido de lo público, aquello que es propio de todos y de todas, que tiene por finalidad lo común y que, por lo tanto, debe ser jerarquizado. Cotidianamente trabajamos para recuperar un Estado que esté a la altura de las nuevas realidades y que ponga en el centro lo público. Y también debemos mejorar y democratizar nuestras organizaciones sindicales para que más se sientan mejor representados y representadas. Pero un mejor estado es sólo posible con más y mejores derechos laborales, con mejores salarios y mejores condiciones de trabajo, en el Teatro Colón y en todos lados.

“¿Podemos echarle la culpa solo a las restricciones presupuestarias derivadas de las crisis económicas?”, se pregunta Román. Y, probablemente, no. Ahora, suponer que la precariedad que de ellas se deriva es una excusa para no trabajar es desconocer y, aún peor, despreciar la tarea cotidiana de cientos de miles de trabajadores y trabajadoras del estado que sostienen áreas altamente sensibles de nuestra vida en comunidad. Para ellos y ellas, siempre, más derechos y mejores salarios, nunca menos.