La heroica re afiliación sindical de 1977

La heroica re afiliación sindical de 1977

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Por Emiliano Bisaro y Sebastián Scigliano

A pesar de la intervención de las organizaciones, la clandestinización de la actividad gremial y, claro, la persecución, secuestro y desaparición de centenares de dirigentes y activistas, el movimiento obrero protagonizó incontables acciones de resistencia a la dictadura cívico militar de 1976 de las que, acaso, la movilización por “Paz, pan y trabajo” del 30 de marzo de 1982 – de la que se están por cumplir 40 años – sea la más conocida y tematizada.

Pero hubo otras no siempre tan recordadas, que forjaron el destino de las organizaciones gremiales por esos años y, en buena medida, habilitaron la posibilidad de su misma subsistencia. De las muchas formas de resistencia obrera a la dictadura, la gran re afiliación de 1977 es de las más importantes y, también, de las menos conocidas. ¿De qué se trató?

El Decreto

El 17 de febrero de 1977 se publicó el Decreto Nacional 385/77 (cuyo texto completo puede consultarse acá) con las firmas de Jorge Rafael Videla, el entonces Ministro de Trabajo Horacio Tomás Liendo y el Ministro de Justicia Julio Arnaldo Gómez. En sus 6 artículos establecía:

  1. La “caducidad” de los padrones sindicales, obligando a la reafiliación de los trabajadores y las trabajadoras en el lapso de 40 días frente a los empleadores y el sindicato.
  2. La derogación de la normativa que permitía a los sindicatos el cobro de cuotas y contribuciones a todos los trabajadores y las trabajadoras de la actividad.
  3. La determinación del universo de quiénes serán considerados como cotizantes u aportantes de los sindicatos y la modalidad en que se realizarían las contribuciones.

El Decreto tuvo por efecto inmediato dejar a los sindicatos sin su padrones de afiliados y afiliadas y sin sus cotizantes, es decir, sin recursos. El ex Ministro de Trabajo Carlos Tomada señala que “el decreto giró alrededor de a quiénes los empleadores deben cobrar la cuota sindical o retenciones de cualquier tipo. Pero, en realidad, lo que querían era utilizarlo como un modo de exhibir o mostrar la desafiliación o la ´baja afiliación´en la Argentina”, un modo más de deslegitimar a las organizaciones sindicales, a las que se perseguía por todos los medios. Pero, como se verá en breve, el efecto que produjo fue exactamente el contrario.

El militante y ex dirigente del Sindicato de Obras Sanitarias Mario Alderete sostiene que “la última dictadura imaginó un nuevo camino para enfrentar al sindicalismo, ya que las formas de las dictaduras anteriores de persecución, represión y despidos no habían podido frenar la organización sindical. Esta vez, junto a la represión más brutal, intentaron una falacia que adquirió contornos significativos por lo novedoso, ya que intentaron disolver mediante medidas administrativas a los sindicatos con el pretexto de que respondían a una determinada fuerza política”. Por su parte, la Doctora en Ciencias Sociales Julieta Haydar señala un punto de vista complementario, en referencia al sindicato de Luz y Fuerza de la Capital Federal. Según ella, “la dictadura condujo a un tendencial deterioro de la lógica reproductiva del sindicato. En esta dirección, los mecanismos simples de reproducción material y sus determinantes fueron atacados. En este esquema general, la particularidad de la dictadura militar residió en que no sólo fue contra los determinantes de los mecanismos, sino que los cortó de manera directa. Desde este dato podemos leer la suspensión de las afiliaciones aplicada en el marco del decreto 385/77, que anula contribuciones compulsivas (como las cuotas extraordinarias) y deroga una disposición anterior según la cual las cuotas sindicales alcanzaban a todos los trabajadores”.

En este sentido, el decreto también perseguía el desfinanciamiento de las organizaciones sindicales y por lo tanto el debilitamiento de su estructura. Pretendió afectar negativamente, por un lado, la representatividad sindical (los padrones) y, por otro, la principal fuente de financiamiento (los cotizantes). Paradójicamente, la norma para debilitar a los sindicatos se fundamentaba en la “libertad sindical”, en el derecho de afiliación, no afiliación y desafiliación. En su texto, refiere que la posibilidad de los sindicatos de imponer cuotas o contribuciones a los trabajadores y trabajadoras de toda la actividad (independientemente de su afiliación) “… constituye un exceso reglamentario cuya esencia resulta claramente inconstitucional, lesionando el derecho de propiedad y de libre agremiación”.

Así, el decreto debe interpretarse a la luz de lo que Daniel Cieza, en su trabajo “El componente antisindical del terrorismo de Estado”, refiere como la dimensión antisindical de la dictadura militar. “Esta dimensión consistió en alterar sustancialmente el modelo sindical vigente y reemplazarlo por otro más compatible con el patrón de acumulación económica planteado. La represión en los lugares de trabajo, en especial sobre activistas y delegados sindicales, y de las reglas estatales que se tomaron sobre cuestiones laborales y sindicales refuerza la comprobación acerca de un componente antisindical en la política desplegada por la última dictadura”.

Esta dimensión antisindical tuvo un correlato específico en el plano normativo. El decreto se inscribió en el conjunto de leyes y disposiciones impulsadas por la dictadura que afectó profundamente los derechos laborales y debilitó gravemente a las organizaciones sindicales: se prohibió la negociación colectiva para la definición de salarios, se dejaron sin efecto los convenios colectivos de trabajo y se produjo una “brutal mutilación de la Ley de Contrato de Trabajo … siempre en perjuicio de los derechos conquistados por la clase trabajadora”, según palabras de Héctor Recalde – cuyo insistente interés por la difusión de esta historia promovió, por cierto, la escritura de este artículo . Además, se suspendieron los mecanismos de participación sindical, las instancias eleccionarias, se habilitaron las intervenciones de gremios por parte del Ministerio de Trabajo, se prohibió el derecho de huelga, se suprimieron los derechos de delegados y delegadas, se restringió el alcance territorial y la escala de los sindicatos y federaciones y se disolvieron las confederaciones.

Al respecto, la investigadora del Conicet Victoria Basualdo expresa que “en términos de proyecto global, la última dictadura atacó severamente los fundamentos del poder obrero, como no había podido hacerlo ninguno de los proyectos represivos anteriores”.

La re afiliación

“El 67% de los desaparecidos son trabajadores; fundamentalmente se apuntó a destruir a los activistas, delegados y algunos secretarios generales. A nivel de los dirigentes intermedios fue tremendo, porque había que fracturar ese poder posible de los trabajadores organizados: eran los delegados de fábrica, los militantes los que construían todos los días ese poder que tenía la clase trabajadora. Ahí apuntó sin lugar a dudas la dictadura militar y fue sin piedad”. En medio de estas circunstancias que recuerda de ese modo Víctor De Gennaro, los sindicatos se vieron en la tarea de re afiliar a trabajadoras y trabajadores en un lapso muy corto de tiempo, simplemente, para no desaparecer. A pesar de los pronósticos, el proceso de re afiliación logró mantener los padrones y, en algunos casos, hasta llegó a incrementarlo.

Todo sucedió, además, en establecimientos laborales militarizados. “El término ´militarización´ tiene una amplia referencia en ese momento. Implica la presencia visible de personal militar en las fábricas y el desarrollo de tareas de vigilancia, control y disciplinamiento; el despliegue de operativos militares masivos o dirigidos específicamente contra algunos trabajadores que se produjeron el día del golpe o en respuesta a conflictos laborales, antes o después de iniciada la última dictadura, tanto dentro como fuera de la fábrica; a la decisiva ubicación de cuadros militares en los directorios y otros cargos de jerarquía de las empresas; como así también al accionar de personal de inteligencia civil, militar o policial, en relación con empresarios o con las estructuras de seguridad y control de las empresas”, reconstruye el trabajo “La represión a los trabajadores y el movimiento sindical, 1974-1983”, de Victoria Basualdo y Alejandro Jasinski. “El nivel máximo de militarización de los establecimientos fue la instalación de centros clandestinos de detención y tortura (en algunos casos transitorios, en otros con cierta permanencia en el tiempo) dentro de los espacios laborales o en territorios vinculados directamente con las compañías, donde las víctimas privadas de su libertad fueron ilegalmente detenidas y sujetas a maltratos y torturas”, destaca. En estas circunstancias de adversidad profunda se dio la re afiliación sindical.

El Secretario General Adjunto de la UOM, Roberto Bonetti, lo recuerda de este modo: “en esa época, yo laburaba en un empresa muy grande que estaba en Avellaneda que se llamaba Ferrum. Éramos más o menos 3000 trabajadores. Se trabajaba las 24 horas en tres turnos. Cuando vino la dictadura pasaron dos cosas. La primera es que congelaron los premios que teníamos. Eran importantes, representaban casi el 50% del sueldo. Eso generó un conflicto importante dentro de la empresa. Y terminó muy mal. Siete compañeros fueron en cana durante dos años y la empresa mantuvo congelados esos premios. La segunda fue con respecto al tema de la afiliación. El decreto que volteaba las afiliaciones, había que volver a afiliarse. La experiencia mía en esa fábrica fue que todo el mundo se volvió a afiliar, no hubo nadie que no firmara la ficha. Incluso se afiliaron los que nunca se habían afiliado al sindicato. Venían con una mesita, una persona del sindicato acompañado de uno de los delegados, que se mantuvieron en la empresa, muy limitados, pero se mantuvieron, todos muy callados, nadie abría la boca y les decían a los compañeros: ´el que se quiere volver a afiliar que llenen la ficha´, se hacía la cola frente a la mesa y después iban firmando la planilla de uno en uno. Y lo hacían en cada una de las secciones. Todo se hacía muy cautelosamente. No había manifestaciones de ningún tipo. Todo era muy cuidadoso. Si había cautela era porque si llegabas a decir algo, te engrampaban y te metían en cana. Mi sección se afilió toda. En el caso de la UOM fue un éxito, ya que se afiliaron todos y más”.

En su artículo “Microresistencias obreras contra la dictadura: la organización venció al miedo”, Carlos Monestes recuerda que “en la planta IDEAL-ARCOR aparece un funcionario o escribano, da lo mismo, a requerimiento del Ministerio de Trabajo o la propia patronal, da lo mismo, para verificar la identidad de los trabajadores y depositar en una urna la desafiliación o la reafiliación a la Unión Obrera Gráfica Cordobesa. El sindicato estaba cerrado, la conducción gremial del establecimiento vigilada, el costo de vida brutal, óptimas condiciones para promover la desafiliación. La fábrica era un enorme hangar lleno de silencio, desierto de voces y recorrido por sombras que se entrecruzaban. De resulta, siempre lo mismo, ese día de abril del 77 podría ser un gran día para la patronal por fin sin sindicalización obrera. Llaman a los trabajadores uno por uno para verificar su identidad y votar, la urna estaba en un espacio contiguo a la oficina de personal… A nosotros se nos estrujaba el corazón. Era un largo, largo pasillo que arrancaba en los baños, orillaba por las troqueladoras de las compañeras, daba una curva y se perdía en las oficinas de personal. Teníamos mucho miedo de perder 9 a 1, por no decir pavor, y que todo el trabajo realizado en los últimos años, las conquistas y derechos siguieran cuesta abajo. Llamaban por secciones, no recuerdo cuándo fui a dar mi confirmación, tal era la angustia que provocaba la observación de los rostros cabizbajos y torvos de los compañeros que desandaban el mortecino pasillo, ese pasillo otrora vestido de jolgorio puro cuando los trabajadores retornan triunfantes de la oficina de personal. Todo había cambiado. Un infinito manto de tristeza cubría nuestros corazones sin saber a ciencia cierta dónde estábamos, adónde íbamos… El afuera era una inmensa sábana de desolación. En medio de la baja del poder adquisitivo, presiones de la patronal y sin representación gremial, 181 compañeros y compañeras reafirmaron su afiliación sindical sobre un total de 211 afiliados, ese día tuvimos una bocanada de aire fresco sin dejar nuestra tristeza. Los trabajadores de IDEAL-ARCOR, en medio del horror, marcaban el camino”.

“Los militares se llevaron la gran sorpresa y eso es uno de los grandes méritos de los trabajadores argentinos, ya que no solo recompusieron la fuerza, ratificaron la vigencia de sus organizaciones dentro de esos 40 días, sino que hasta superaron la cantidad de trabajadores afiliados que ya tenían”, rememora, orgulloso, Mario Alderete.

El Decreto 384 fue un ataque a los sindicatos que los trabajadores y las trabajadoras resistieron en el momento más feroz de la dictadura. La sorprendente re afiliación fue, también, un acto de coraje colectivo que, sin que ellos y ellas lo supieran del todo, unió a trabajadores y trabajadoras en el heroico reflejo de defender a sus organizaciones, tal vez el único acto de autopreservación que semejante clima de horror les permitía. Fue la herencia de décadas de lucha y resistencia abriéndose paso en medio del silencio y la oscuridad, a la que, finalmente, lograron derrotar. Y fue, tal vez, la semilla para que muchos y muchas estemos todavía acá, con el pecho lleno de orgullo de formar parte de esa historia que todavía se escribe.