“La jornada de trabajo está pensada para un modelo productivo que ya no está vigente”

En el conversatorio “Crisis y políticas laborales”, organizado por la Fundación Germán Abdala. la rectora de la Universidad Metropolitana (UMET) e Investigadora Independiente del CITRA (CONICET-UMET), Cecilia Cross, habló de la importancia de reducir las jornadas laborales y del impacto sobre la vida de las mujeres. En el siguiente texto reproducimos la exposición completa:

Lo vemos todos los días en los medios de comunicación. Hay ciertos criterios que se ponen en juego cuando planteamos la discusión de la jornada de trabajo, que no se está dando sólo en nuestro país, se está dando a lo largo y a lo ancho de América Latina y los países de Europa occidental. Parecería que el avance tecnológico, el aumento exponencial de la productividad del trabajo, no deja muchas excusas para seguir sosteniendo jornadas laborales extenuantes y que en muchos casos están desarraigadas de las necesidades reales, incluso de la producción, y desarraigadas también de esta preocupación creciente que tenemos. 

‘Pepe’ Mujica, por ejemplo, es un gran portavoz de esta preocupación creciente por una explotación desmedida de los recursos naturales asociados a un aumento permanente del consumo por encima de toda razonabilidad, con el pasivo ambiental y social que eso genera.

En líneas generales, los criterios que se ponen en juego al pensar la configuración de la jornada de trabajo tienen que ver con la producción y la productividad. Es decir, qué volumen de mercancías es necesario producir para que una empresa pueda sostener su posición en el mercado o, en el caso del Estado, para poder cumplir con las demandas que pueden surgir en términos de servicios, en términos de derechos

Me gusta mucho ese eslogan que dice que nuestro trabajo, el trabajo de los estatales, son los derechos de las personas. La pandemia ha mostrado que es mucho más que un eslogan, efectivamente desde el Estado estamos siempre al servicio de una demanda que nada tiene que ver con criterios de producción, pero sí tiene que ver con ciertas expectativas de intervención. Entonces, ¿cuántas horas es necesario que los agentes estatales trabajemos para poder cubrir esas demandas?.

Otro criterio que entra en juego es la exposición a los riesgos, a distintos tipos de riesgos que van minando la salud de las personas trabajadoras y que pueden tener que ver con aspectos vinculados con la salud en términos estrictamente físicos y fisiológicos, pero también -otra vez la pandemia nos da muchas lecciones sobre eso- otro tipo de cargas: la carga psíquica, la carga mental. Los y las trabajadores de la salud en la Ciudad están todo el tiempo denunciando y hablando acerca de la imposibilidad de sostener las jornadas que hoy llevan adelante en un contexto tan particular. 

También entra en discusión la división técnica del trabajo. Cuando pensamos en la configuración de la forma del trabajo siempre estamos pensando en función de un determinado modelo de organización de trabajo, de las responsabilidades que permiten. Y un aspecto no menor que ha ido ganando peso en el debate de la división social del trabajo, sobre todo en su manifestación de división sexual del trabajo, pero no únicamente. En muchos casos la salida de algunas mujeres a la realización de actividades remuneradas en el espacio público se sostiene por el esfuerzo y a veces por la explotación de otras mujeres.

Vanesa Siley decía algo que yo he escuchado decir muchas veces acerca de la cantidad de tiempo que insumen, por ejemplo, las actividades que tienen que ver con el compromiso militante, con el compromiso político que solemos tener y que, efectivamente, una jornada tiene 24 horas, entonces el tiempo que una persona le dedica a actividades no remuneradas se lo está quitando a otras actividades no remuneradas, o a trabajo remunerado y hay que ver qué impacto tiene eso entonces en su posición laboral, en su poder adquisitivo.

Estos son los factores que clásicamente aparecen en discusión y de alguna manera estos criterios responden a un modelo de organización social y de la producción que también ha configurado el modelo de negociación colectiva, el modelo sindical, el modelo en función del cual se han constituido no todos pero sí la mayor parte de los convenios colectivos de trabajo. 

La discusión de la jornada muchas veces termina reeditando la expectativa de lo que se llama o lo que se conoce como el “Círculo virtuoso fordista”, donde había factores que se articulaban en torno a la posibilidad de llevar una calidad de vida considerada aceptable o digna, en muchos casos vinculadas con el consumo. En un contexto de economías de escala orientadas sobre todo al consumo del mercado interno y con una expectativa de movilidad social ascendente, que en muchos casos era diferida. No era una expectativa para el propio trabajador o la propia trabajadora sino una expectativa que ese trabajador o esa trabajadora esperaba que se viera reflejado en el devenir de sus hijos o quizá de sus nietos. 

Este “Círculo virtuoso fordista” estaba basado en una política clave, que era la política del pleno empleo, una política en la que estaba fuertemente comprometido el Estado pero también las empresas, con una especie de pacto entre capital, Estado y trabajo que se sostenía en la convicción de que el desarrollo tecnológico iba a permitir alcanzar el pleno empleo. Y allí que entonces no hubiera demasiada contradicción en que los trabajadores y las trabajadoras en relación de dependencia tenían una expectativa de un acceso a una ciudadanía social -es decir, acceso a jubilación, obra social, a ciertos cuidados y beneficios que el profesor francés Robert Castel mencionaba como la propiedad colectiva- que era mucho más plena que la reservada a otros trabajadores.

Ese efecto estaba vinculado también con un rol realmente central del Estado garantizando que esa distribución de la propiedad colectiva privilegiara el trabajo asalariado sobre otras formas de movilización de la fuerza de trabajo. Dicho de una forma más sencilla: al comienzo del capitalismo industrial, los trabajadores y las trabajadoras no querían saber nada con ir a trabajar a la fábrica, las condiciones de trabajo eran absolutamente espantosas. 

Hubo un proceso histórico a través del cual el Estado garantizó esos privilegios, esos beneficios que, junto con otras medidas más coercitivas, fueron configurando el trabajo asalariado como la expectativa de máxima integración social en un contexto en que los trabajadores estaban dispuestos a aceptar una división del trabajo que prácticamente los convertía en accesorios de la máquina, a condición o a cambio de una expectativa de movilidad social que no solamente iba a ser a través del consumo. Sino por ejemplo con la expectativa de que sus hijos, sus hijas pudieran, por ejemplo, acceder a la universidad y a trabajos con un mayor reconocimiento social, independientemente del salario.

Por otra parte, la representación sindical también fue configurada a la luz de esta fragmentación de los oficios y de la fragmentación o división entre trabajo de ejecución y trabajo de concepción, o trabajadores jerárquicos y trabajadores no jerárquicos, que todavía sigue existiendo en nuestro modelo sindical. Uno podría decir “nuestro modelo sindical tiene una representación sindical fragmentada en cuanto a las actividades, pero unificada en la acción”, con esta expectativa de que, en definitiva, esta integración de la producción respondía siempre a un mismo objetivo.

Como decía entonces, ¿cuáles son los fundamentos de la organización social fordista? Por un lado la separación tajante entre trabajos de concepción y ejecución, es decir, los que piensan la tarea y los que la llevan adelante. Una hiperespecialización productiva con una valorización diferenciada del trabajo, la jerarquización del empleo asalariado por sobre cualquier otra forma de empleo, la reconfiguración de los oficios y la desvalorización de la producción artesanal, la transferencia a las familias de los costos de reproducción de la fuerza de trabajo y el cuidado de las personas inactivas. 

Esta idea de que uno se tiene que pagar la casa en la que va a vivir es una idea que empieza a tener algún sentido recién en el Siglo XIX. Antes la gente no se preocupaba por esas cosas, vivían y morían, quizás, en la misma casa, en un lugar donde habían vivido sus antepasados. Esta idea de que es responsabilidad del trabajador, sobre todo del varón, proveer y atender a su familia, responde una configuración familiar muy propia de una etapa de la historia, una etapa bastante corta si consideramos la historia de la humanidad en su conjunto. 

Nos hemos acostumbrado a esta idea de que los costos de cuidar, de educar, de alimentar, son costos que corren por cuenta y orden de cada familia. Y entonces en esa división social del trabajo aparece también una división sexual intrínseca del trabajo según la cual las mujeres tenemos la máxima responsabilidad en la realización de las tareas no remuneradas y esto también genera, de hecho, una dependencia económica respecto a los varones que los movimientos feministas denuncian pero que desde los sindicatos venimos trabajando con mucha fuerza para lograr equilibrar y para lograr disputar.

Este compromiso de ascenso social, en muchos casos diferido, y algo fundamental: un empleo de por vida. La realidad es que la separación tajante entre trabajos de concepción y de ejecución generó muchísimas reacciones muy violentas, sobre todo a finales de la década del 60: la Primavera de Praga, el Mayo Francés, el Cordobazo, en Argentina. Esta separación tajante entre los distintos trabajos y la posibilidad y el derecho de algunos y algunas trabajadoras a pensar, a ilustrarse, a formarse, a participar del debate político que les es negado a otros, ya ha causado conflictos a lo largo de la historia.

La fragmentación creciente de los colectivos y su representación, que refleja esta hiperespecialización productiva, en muchos casos ha llevado o ha puesto en crisis la unidad de acción de los sindicatos porque aparecen estas contradicciones. Para poner algún ejemplo: pensemos en los paros generales motivados por el pago del impuesto a la ganancia, luego esta idea de que el único vehículo a la ciudadanía social sea el empleo en un contexto donde sabemos que no podemos aspirar al pleno empleo. 

Otro aspecto por el cual no tiene demasiado sentido seguir pensando la organización social desde este esquema fordista es que, en realidad, la producción se integra cada vez más en forma horizontal. Las empresas en la mayoría de los casos han delegado o han tercerizado parte de su producción y de ese modo han logrado desembarazarse en buena medida de los costos sociales que implica el sostenimiento de la actividad productiva. Dicho de otra manera: nos terminamos enojando con el dueño del taller de Flores, pero en definitiva el grueso de esa ganancia no se la termina apropiando ese trabajador, ese trabajador no es un empresario. El capital ha logrado eludir en buena medida la representación o los costos de reproducción de esa fuerza de trabajo a través de la tercerización. 

Los feminismos permiten vislumbrar la injusticia de un esquema de transferencia a las familias de los costos de reproducción. La pregunta que yo me hago es si la solución a eso es analizar, monetizar estas actividades. 

Frente al compromiso de ascenso social y el empleo de por vida nos hemos encontrado hoy en un esquema de políticas sociales que han reemplazado el concepto de desempleo, como motor de la organización de la ayuda social, por el de empleabilidad. 

El concepto de empleabilidad que nos lleva muchas veces a terminar explicando la pobreza por la existencia de pobres, decimos “son pobres porque no tienen trabajo, no tienen trabajo porque no son empleables, fin del comunicado”. Entonces el problema es de quienes no tienen trabajo y nosotros como sociedad lo más que podemos hacer es ver si les damos una mano para que puedan acceder al trabajo, pero entonces queda inconclusa esta pregunta. Entonces, si estas personas no pueden acceder al mercado de trabajo, ese problema es de esas personas y lo que termina pasando entonces es que la ciudadanía social deja de ser una expectativa de integración y pasa a ser un privilegio. Sabemos que los privilegios no son un buen fundamento para la acción colectiva.

Para resumir, las cuestiones que me preocupaban respecto a este tema es cuáles serían aquellos aspectos que dejamos sin pensar, sin debatir, cuando nos atamos a un esquema de configuración de la jornada de trabajo que está pensado para un modelo productivo que ya no está vigente o por lo menos no es tan generalizado como esperábamos que lo fuera en el momento en que se configuró. 

Por un lado, como decía antes, el capital continuó apropiándose del grueso de la riqueza, pero ha logrado sacarse encima los costos de reproducción de sectores crecientes de la población

Por otro lado, aparece la pregunta de si el salario es y debe ser el único medio de distribución de la riqueza socialmente producida, sobre todo pensando que en nuestro caso es una realidad que padecemos la mayoría de los trabajadores y trabajadoras estatales, cuando los sueldos que hoy percibimos aún por trabajar por 8 horas, están por debajo de la canasta. Ahí aparece esta discusión acerca de cuál es el rol que hoy está cumpliendo el salario y cómo las familias efectivamente hoy están pudiendo solucionar sus necesidades más inmediatas.

Ha habido profundos cambios en la división técnica del trabajo, sobre todo asociados con lo que llamamos “tecnologías transversales”, que amenazan con volver, de alguna manera, abstracta la división de los encuadramientos de los que hemos pensado y hemos encargado la representación en el punto de trabajo actual. 

En términos de división social del trabajo aparece una reconfiguración del modelo de familia, una mayor participación de las mujeres en actividades productivas, pero también en actividades políticas y sindicales. Y lo que no estamos pudiendo dar cuenta en la medida en que no estamos pudiendo repensar no sólo cuánto nos pagan por trabajar fuera de casa, sino a qué tipo de derecho, a qué tipo de recursos, podemos acceder a partir de la realización de estas tareas que son indispensables, son esenciales para recuperar el adjetivo de la época, pero que en definitiva no hemos pensado como actividades remuneradas en buena parte de la historia del capitalismo.

El tema de la informalidad es clave para evitar esencializar, estigmatizar a aquella persona, que encima es un problema de política pública. Otra cosa es cuando el problema es la empleabilidad, el “Ah, no tiene trabajo porque el mercado no lo elige, porque no hizo méritos suficientes”. ¿Ahora hay que hacer méritos también para tener empleo y para acceder a la seguridad social? Es delirante.