Marcelo Percia: «No mitigar la desigualdad es un acto homicida»

Compartimos las palabras de Marcelo Percia para SOLIDARIDAD – Volumen 2

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Marcelo Percia 

Psicólogo, ensayista, docente universitario y psicoanalista. Docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investiga tratamientos de las psicosis fuera de los manicomios. Integra el comité de redacción de la Revista Pensamiento de los Confines.

El presidente Alberto Fernández recupera el concepto de solidaridad para proponer cierta redistribución de la riqueza, solidaridad de los ricos para con los que menos tienen, mediada por el Estado y establece una genealogía retomando de Alfonsín la idea de una ética de la solidaridad. A partir del uso discursivo de éste concepto, nos proponemos indagar y problematizar su significado y alcances.

La desigual distribución de la riqueza, la injusticia que eso supone, es mitigada muchas veces con prácticas solidarias. ¿Se puede entender a estos gestos separados de las prácticas previstas por el propio capital?

La apelación a prácticas solidarias como modos de suavizar crueldades de la civilización del capital, se podría pensar como una forma de negación de la inequidad, de aplacar la injusticia, de moderar estadísticas de la desigualdad. Temo que las prácticas solidarias que se proponen mitigar o reducir sufrimientos insoportables, compongan una de las narrativas predilectas de la sujeción.

Solidaridades de las derechas hacen gestos compensatorios de las urgentes consecuencias de las desigualdades, pero dejan intactas inequidades e injusticias. Tampoco conviene situar a la solidaridad como un imperativo kantiano. La solidaridad como un deber moral válido para todas las existencias sociales. Tenemos que prevenirnos antes versiones de la solidaridad como fábula de bondad comunitaria que supera la conflictividad de intereses sociales.

En los años treinta del siglo pasado, en el exilio, León Trotsky escribe Su moral y la nuestra. Allí reflexiona sobre la solidaridad como imperativo humanista de la sociedad burguesa y la solidaridad como puesta en acto de ferocidades proletarias. Anota que la solidaridad obrera durante las huelgas o en las barricadas acontece como contundencia de un aprendizaje estando ahí. No se realiza como ideal de una totalidad calculada. Para el revolucionario ruso asesinado en Coyoacán, una solidaridad emancipadora sobreviene como conciencia de clase. La solidaridad entre vidas explotadas y condenadas no mitiga, ni reduce, ni suaviza, explotaciones: las impugna.

En momentos de emergencia, no mitigar la desigualdad pudiendo hacerlo compone un acto de crueldad homicida. Pero no se trata solo de moderar desigualdades e injusticias de la civilización. Se necesita extender prácticas planetarias de un común vivir, una común igualdad, una común justicia, una común equidad. Hace falta poner en marcha un plan detectar de alegrías que se dan a la amistad, a la fraternidad, a la cooperación, a la hospitalidad, al cuidar, al abrigar, a las ternuras que alojan.

Propongo la expresión alegrías que se dan para tomar distancia de otra idea de solidaridad como imperativo de una moral coercitiva o como soldadura de voluntades buenas.

Cierto pensamiento sobre la solidaridad queda muchas veces anclado en el comedor, la colecta, el reparto de bolsones, la donación de ropa usada. Podríamos pensarlo asociado a la caridad cristiana. Solidaridad como migaja, sobrante y no como práctica emancipadora. ¿Qué opinas sobre esto?

La solidaridad, como decíamos recién, se compone como gesticulación compasiva de ayuda o como furia que se decide en un común batallar. Reflejos individualistas conciben solidaridades como gestos de caridad. No conocen los jadeos de las persistencias y complicidades que componen cercanías que luchan.

Comedores y merenderos sostenidos por movimientos sociales y organizaciones barriales no realizan acciones de beneficencia. Hoy, esos espacios, salvan vidas. Inventan protecciones y abrigos. Alojan furias aturdidas por el hambre. A veces solo dan el estar ahí, solo eso.

Es cierto, las palabras “migajas” y “sobrantes” describen el accionar de pulcras retóricas altruistas. Modos de la filantropía y de la caridad. Y, también, micro espectáculos de las morales sacrificiales y de las buenas conciencias.

Conviene, como bien decís, reservar la palabra solidaridad para nombrar prácticas emancipadoras. Para nombrar una común alegría de dar la cercanía.

Incluso más. Si todavía conservamos la palabra solidaridad, poniéndola a salvo de las diferentes formas morales asignadas por automatismos del sentido común de las derechas; tendríamos, también, que ponerla a salvo de la idea de empatía. No se trata tanto de ponerse en el lugar del otro, sino de un común estar en el dolor. No se trata de sentir el dolor que siente un semejante (empatía) ni de sentir dolor por el dolor que siente el otro (compasión). Se trata de una común vulnerabilidad que nos hace sentir la aflicción sin mediaciones.

Interesan solidaridades como prácticas emancipadoras de un común dolor. Insisto, respuestas y acciones solidarias ante el dolor no se reducen a empatías, expresan la fuerza pedagógica de la aflicción. El dolor enseña la vida. Impulsa cercanías provisorias que ayudan a habitarla. Y también a querer transformarla.

La solidaridad está muy ligada a los discursos del movimiento obrero organizado, en torno a la idea de conciencia y solidaridad de clase. Teniendo en cuenta esta tradición del concepto: ¿Creés que el uso de la idea por parte del Presidente supone un uso conservador o da cuenta del deseo de enmarcar su gestión de gobierno en la lucha por una sociedad con menos injusticias?

Sí, tal como decís, solidaridades tejen momentos apasionantes en la historia del movimiento obrero. Para las izquierdas del siglo diecinueve y comienzos del veinte, solidaridades no describían solo modos de adhesión o vinculación social, solidaridades configuraban fuerzas enunciativas que deseaban, vivían, imaginaban, mundos sin propietarios, sin amos, sin patrones. Solidaridades pujaban modos equitativos de la vida en común. Concitaban ideales de libertad. Convocaban corporeidades que aspiraban a justicias comunitarias.

Aunque no conviene simplificar y pensar movimientos solidarios únicamente en esa dirección. Sensibilidades oprimidas pueden alojar ideales de emancipación e ideales de dominación. Pueden alojar solidaridad, justicia, igualdad, libertad y pueden alojar odio, venganza, muerte.

Una contracara de la solidaridad reside en el linchamiento. Pasiones comunitarias (embriagadas de miedo y poder) pueden realizar ejecuciones y actos de crueldad. Ficciones de unanimidad también se autorizan a violar y matar. Ficciones de mayorías se autorizan a imponer y someter. Urge decir que una acción común puede quedar colonizada por el miedo, por la demanda de protección y por la ilusión de seguridad que da un Amo.

Necesitamos pensar en momentáneas acciones solidarias de vulnerabilidades que no niegan la común vulnerabilidad, que componen cercanías de sensibilidades que se saben en una común intemperie. Necesitamos pensar en solidaridades que no se ensañen con una desesperación que roba un celular, en solidaridades que entrevean las desquicias de la civilización del capital.

No tenemos que olvidar que maldades y odios, amores y solidaridades, rondan tiempos del capital como disponibilidades sentimentales que alfabetizan corporeidades clasificadas y disciplinadas.

En Los siete locos, Roberto Arlt narra, a su manera, una dramática de la solidaridad. En la novela no gravita la solidaridad de la fábrica (esa fortaleza gremial que une voluntades emancipadoras) ni la hermandad familiar. Tampoco las comunas de artistas y escritores solitarios. David Viñas decía que en la literatura de Arlt se relata la transformación de los huelguistas vencidos en inventores delirantes: el pasaje de una emocionalidad en la comunión a un sentimentalismo individualista. Decía que la humillación de las energías cansadas de trabajar frente a la máquina del capitalismo, se transforma en la fantasía mágica de hacer dinero. Invenciones delirantes condensan sufrimientos invisibles con promesas de progreso. Así, Arlt relata la tensión entre la sociedad liberal burguesa (la del mundo del trabajo y la división en clases) y una sociedad de locuras que hacen plata a través de inventos, estafas, mentiras planetarias. Deja a la vista una solidaridad de las normalidades y una solidaridad de las locuras.

Esa solidaridad de las locuras como acción utópica, como ficción compartida entre sensibilidades raras y anómalas que descreen en la acción del Estado, describe -en nuestro país- una fantasía pre peronista. El peronismo conjugará después, en sus inicios, un proyecto de musculaturas obreras solidarias. Algo que ilustra la obra de Ricardo Carpani.

Respecto del actual gobierno, se puede afirmar que ante el riesgo de muerte por la pandemia, entre el Estado y el Mercado, sostuvo que resulta preferible confiar en el Estado. En una autoridad pública responsable que decida, que contenga, que informe, que frene poderes crueles y suicidas.

Pero, ante los límites del Estado, tenemos que decir también que se necesita habitar un común proteger, un común cuidar, un común escuchar. Políticas de cercanías que los Estados no pueden, no saben y que, a veces, temen.

Ante tu pregunta de si Alberto Fernández intenta “enmarcar su gestión de gobierno en la lucha por una sociedad con menos injusticias”, hasta ahora se pueden destacar las políticas públicas con las que está enfrentando la pandemia y el hambre. Y, sobre todo, su alusión a los muchachos a los que “les tocó la hora de ganar menos”.

Hospitales, escuelas, universidades públicas por un lado; y obras sociales de sindicatos y sistema previsional, por otro; representan algunos orgullos de la vida en común en nuestro país. Tejidos de solidaridades tramadas en la historia. Tiempos en los que, todavía, los Estados garantizan el derecho a la hospitalidad, al saber, a la protección en común.

Todavía resta esperar que el actual gobierno responda a las urgencias del presente con un impuesto a las desmesuradas riquezas y avance en el establecimiento de una renta básica universal incondicionada que no se reduzca a subsidios a las pobrezas, discapacidades, enfermedades crónicas.

En tu libro «Inconformidad» incluís dos pasajes que nos interesa mencionar para seguir problematizando sobre la idea de solidaridad:

«La política es decisión de alojar preguntas que estallan cada vez que se entrevé lo insoportable.»

«Sartre percibe que toda escena personal acontece en el teatro de la historia y asume que la condena moral del mundo supone el cuestionamiento de nosotros mismos, advierte que la proyección del mal sobre existencias ajenas demonizadas es una forma de la negación. No piensa la solidaridad como cortesía, ayuda o compasión para con los necesitados. Imagina solidaridad como afectación con lo que desconocemos de nosotros mismos. Solidaridad no como simpatía con el otro, sino como soportabilidad de lo repudiado o negado en uno mismo».

En cuanto a la primera cita, ese libro -en muchos momentos- trata de pensar intenciones comunes entre arte, política, psicoanálisis. Y una de las zonas que creía advertir reside en el tratamiento de lo insoportable. En el deseo de tratar lo insoportable. Aunque sabemos que todo lo que hagamos resulta insuficiente. Incluso -por eso- arte, política, clínica, componen pasiones que no cesan. Porque, a veces, nada suaviza lo insoportable. No lo hacen las palabras, ni los abrazos, ni las furias en común, ni las artes, ni las revoluciones. Ni, por supuesto, las políticas públicas de los Estados.

Respecto del segundo fragmento que evocás, reconozco un intento, quizás fallido, de desprender la idea de solidaridad de la de vínculo. Un intento de no volver a insistir en la formula vacía del lazo social. El viejo tema de la mismidad, la otredad y lo común. Como te decía, la contracara de la solidaridad reside en la confrontación, en el odio, en la guerra, en el linchamiento.

Trataba de despegar la idea de solidaridad de la de empatía y simpatía, probando pensar si eso que llamamos solidaridad no sobreviene cuando se disuelve el imperio de la mismidad. Y, un modo de esa disolución, consistía en abrir paso a pensar en sensibilidades que viven en un común vocerío de polifonías, pluralidades, demasías.

Trataba de desprenderme, también, de ese lugar siempre abusado de Psicología de las Masas y análisis del yo, en el que Freud ensaya la narrativa de la sociedad como solidaridad de narcisos solitarios que localizan una misma figura como relevo del Ideal.

Hace poco escribiste en redes sociales: «Hablas del capital, se desconciertan con el sólo dar que no espera nada a cambio, se ponen nerviosos con gratuidades que se sienten y se declaran sin especular ni pretender ganar algo». ¿Podrían estas palabras dialogar con cierta idea de solidaridad?

Sí, claro, aluden esas palabras, de otro modo, a lo que todavía nombramos como solidaridad. Se podría decir (recreando una tensión que una psicoanalista inglesa pensó como fantasías primeras) que mientras envidias sufren voracidades posesivas y destructivas que no pueden saciarse nunca, gratitudes atestiguan la calma de la voracidad: el sosiego de una común alegría del dar.

Creo que el porvenir está transido de lo que se podría llamar la incertidumbre solidaria. O mejor dicho, la pregunta de si vamos a tentar, en el porvenir, a una común alegría de dar la cercanía. Andamos a tientas sin la certidumbre de las proximidades que vendrán. Se trata de alumbrar memorias de una común emancipación, a la vez, que tentar las ganas de cercanías venideras. Cercanías que se alegran de dar el dar en un común estar, en un común luchar. O, expresado de otra forma, cercanías que están por el gusto de estar, que desean estar por qué sí, que sienten la común gratitud de estar en la vida.