«La palabra sororidad me entusiasma poco, prefiero las palabras que acarrean una sonoridad política»

Los discursos no tienen sentidos fijos ni preestablecidos. Están en permanente pugna. Esta época de refundación política del Estado acuña sus propios términos y conceptos. El concepto de solidaridad, un término que remite a otras luchas y momentos históricos, se convirtió en las últimas décadas en la base de los discursos onegistas que replicaban los modelos liberales de acumulación. Conversamos con la socióloga, ensayista, investigadora y docente María Pia López sobre el alcance de este concepto y el contexto político actual.

 

Por Constanza Lupi y Santiago Fernández Galeano.

Cuando pensás en solidaridad, ¿con qué conceptos, prácticas y discursos lo asociás?

Me resulta difícil separarla de nombres propios, por ejemplo de la experiencia polaca liderada por Lech Walesa y con lo que ella significó en términos de disputa entre organización cristiana y organización comunista. Quizás también se deba a que aparece como un término lavado, de asociativismo y cooperación no política, en ese sentido onegista: no la organización de la cooperación social con un horizonte de transformación, sino reducida a la atención de lxs más vulnerables. Es cierto que ese horizonte está en crisis y que gran parte de las luchas políticas son defensivas, pero también que es necesario politizar todas las dimensiones que hacen al trato de lo común. Si no, la cooperación y la atención a las vidas más precarizadas se convierten en objeto de la supuesta asepsia de las ONG s o de las iglesias. Todo eso está en discusión cuando se pone de relevancia, por la misma profundidad de la crisis alimentaria y sanitaria, la organización social de los cuidados y el trabajo comunitario. Porque no hay un único modo de hacerlo. Si lo hacemos expurgado de su politicidad y de los lazos con las desobediencias que fundan otros modos de existir, lo estamos aplanando, convirtiendo en relaciones defensivas ante el desastre. ¿Cuál sería un movimiento diferente? Creo que pensar no solo a lxs otrxs como vulnerables y que necesitan sino también como agentes de una creación política y social que se intenta fortalecer, porque en ella se juegan imágenes del mundo y de la sociedad que son alternativas a la lógica capitalista que produce al mismo tiempo acumulación y desechos, máximas riquezas y máximas pobrezas.

Uno de tus últimos libros es “Apuntes para las militancias. Feminismos: promesas y combates”. En varias entrevistas planteaste que buscabas hacer un aporte a que el proceso de discusión electoral no ocultara los debates sobre los feminismos. ¿Crees que se logró? ¿Qué vínculo hacés entre el concepto de solidaridad y el concepto emergente de sororidad?

Estaba en juego, y sigue estando, que lo urgente no tape la multiplicidad de dimensiones pero también que no se piense que esa urgencia se puede afrontar sin feminismo. Cuando escribí Apuntes… eso urgente era la construcción de una alternativa electoral para derrotar al macrismo, entonces muchas personas decían: primero eso, luego los temas controversiales que viene planteando el movimiento de mujeres, lesbianas, trans. Ahora es la emergencia: pareciera que en contexto de pandemia y hambre es difícil apelar a la consideración de otros derechos, pero a la vez no se puede pensar sin esas perspectivas. Cuando comenzó el aislamiento social preventivo y obligatorio no se incorporó entre las primeras medidas la consideración acerca de quienes estaban encerrades con sus abusadores o violentos, porque para muchas personas el hogar no es un lugar seguro si no el de una amenaza cotidiana. Esa omisión fue muy gravosa para muchas vidas. Creo que la creación del Ministerio de mujeres, géneros y diversidad muestra la voluntad del frente gobernante de poner estas cuestiones en agenda y hacerlo reconociendo el conjunto de luchas sociales que lo exigen. Al mismo tiempo, siempre está la alerta: que un Ministerio no sea el lugar de tratar estas cuestiones mientras el resto de la estructura estatal sigue reproduciendo lógicas de poder y abordaje de los asuntos que le son centrales -la economía, la salud, el trabajo o la vivienda- sin perspectiva de género. Como se ve en la organización de los cuidados o en las tomas de tierra, la afirmación de las interlocuciones sobre las redes de feminismo popular permiten actuar con otra lógica. Cuando dicen que en una toma hay narcos o violentos, hay que pensar que hay muchísimas otras personas, y que hay que hacer fuerza en la fuerza de esas otras, en la capacidad de desplegar una vida autónoma de miles de mujeres que se organizan para salir adelante. La palabra sororidad me entusiasma tan poco como la solidaridad: nombra una suerte de primacía de la cooperación sobre la competencia, afirmada sobre la pertenencia de género. Me interesa solo en ese punto: en desplazar la idea de competencia individual, pero no es una idea que use, prefiero las palabras que acarrean una sonoridad más explícitamente política. A partir de la pandemia, pero también ligado al discurso de reconstrucción de la Argentina como eje de campaña de Alberto y Cristina, se instalaron frases como “volvimos mejores” y “nadie se salva solx.”

¿Qué acciones del Gobierno Nacional y de la coalición Frente de Todxs te parecen que expresan mejor esa narrativa?

El gobierno anterior afirmaba, en sus acciones y discursos, la idea que una sociedad es la suma de individuos competitivos y separados, y que las diferencias entre ellxs solo provienen del grado de esfuerzo sostenido, si alguien es rico es por su mérito y si le va mal es por su vagancia. Afirmada por un núcleo de herederos millonarixs pero convertida en sentido común, expandida socialmente, creída incluso por quienes trabajando de sol a sombra no logran vivir bien. Contra eso se proponen esas frases: nadie se salva solo o la salida es colectiva. La pandemia pone a lxs otrxs en primer plano: como amenazas de contagio y como agentes de cuidado. Lo que hace cada quien tiene efectos sobre el conjunto. El gobierno que afirma eso, al mismo tiempo despliega una serie de políticas públicas, un fortísima intervención estatal para garantizar la vida (no solo la expansión del sistema sanitario, sino también la IFE o la colaboración con el pago de salarios), y la cooperación con las organizaciones sociales que actúan en los distintos territorios. Creo que el “volver me jores” tiene como aspecto central esa idea de una articulación virtuosa entre militancias en el estado y militancias en la sociedad civil, en la profundización de la organización. El costado más flojo de todo eso, es suponer que el volver mejores es volver sin grieta, porque eso es no comprender que la llamada grieta es el efecto discursivo, una suerte de rebarba, de una serie de antagonismos sociales, que se plantean alrededor de esa confrontación que señalaba al principio, entre lógicas individualistas y meritocráticas, y una idea de sociedad entramada y con un horizonte necesario de igualdad. Volver mejores tiene que significar mayor lucidez para confrontar la desigualdad, en todo sentido.

Creemos que tu libro “Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad” es muy interesante para pensar cierta idea de solidaridad. Ligada al concepto de donación, de amor por el/la otro/a. El libro recorre distintos momentos: la universidad pública, la revista El Ojo Mocho, la Biblioteca Nacional. Arranca con vos cuidando a Horacio y también a tu mamá en el hospital. ¿Podés poner en diálogo esa idea de donación a lo Bataille1 , cómo práctica inútil, improductiva, con vínculos unidos por lazos solidarios?

Sí en el sentido de un componente de desmesura, de no medición. Muchas veces la solidaridad es reducida al ejercicio de hacer circular lo que nos sobra, de donar aquello de lo que podemos prescindir (desde ropa usada a dinero o comida), pero hay otra cosa más vinculada a los vínculos que componemos con el mundo, a nuestro cuerpo entre otros cuerpos, al amor con todo lo que eso tiene de inmedible. En ese plano lo que le pase a otras personas, con las que estamos así ligadxs, no deja de inscribirse como resta a nuestras propias existencias. No lo llamaría solidaridad, porque no es un ejercicio de relación con una otredad, sino más bien esas escenas narran una necesidad vital de quien las habita, no solo de quien aparece como objeto de cuidados, sino de quien cuida. Es estar en un estado de donación, pero porque no podemos pensarnos fuera de esas tramas.

Siguiendo con el mismo libro. En una parte citás a Eduardo Rinesi que en la entrega del Honoris Causa a Horacio González dice: “nos salvó la vida”. Y a partir de esa frase habla de lo que fueron los pasillos de la universidad en los ’90. ¿Podrías hacer dialogar esa práctica amorosa de la enseñanza con cierta idea de solidaridad, de atención por el otro a la vez que vínculo amoroso con el conocimiento?

Esa frase es muy justa. Habla de qué era esa universidad y nuestra facultad, la de Ciencias Sociales de la UBA, en esos años (una universidad que operaba el pasaje hacia rutinas de conocimiento burocratizadas, medidas, evaluadas, donde lo más importante era la acumulación de formularios bien completados), en un país que era rehecho por un gobierno neoliberal con los signos del peronismo. Horacio habitaba las aulas y los pasillos y los bares de un modo antagónico a eso que era la lógica dominante. Ponía en juego imágenes, modos de actuar, reflexiones críticas, lecturas, que confrontaban directamente con ese vaciamiento burocrático del saber, pero además lo hacía de un modo absolutamente generoso, tratándonos como iguales, invitando, siempre, a ser parte. Podríamos decir que hacía lo más relevante de una tarea profesoral: enseñarnos a amar un conjunto de obras y a leer con las armas de la crítica, pero sin subordinación alguna a su propio lugar de saber. Le llamaría a eso hospitalidad, más que solidaridad. En el sentido de que abría una zona habitable en la universidad, y la creaba para lxs más jóvenes. Eso es el don. La hospitalidad. Y junto con ella la generosidad de ver en esxs recién llegadxs, iguales.

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